jueves, 4 de febrero de 2010

Haití a través de mis ojos

Haití duele. Duele al ver las imágenes en la televisión. Pero duele mucho más cuando estoy aquí, recorro sus calles, hablo con su gente, escucho sus lamentos. La dimensión del terremoto es mucho mayor que lo imaginado sentado frente al televisor. Camino por Puerto Princípe y soy testigo de una incipiente recuperación.

La vida continúa y a la gente no le queda otra que asumir el doloroso momento tras la catástrofe. Grabo impresiones de los damnificados y de los cooperantes y tomo fotos para la página web de Radio Nederland. Quiero que los oyentes y lectores vean a Hatí a través de mis ojos.

A continuación el artículo publicado en informarn.nl

Fe y esperanza van de la mano en Haití
Puerto Príncipe recobra algunas de sus rutinas, pero no normalidad. Sus habitantes andan de un lado para otro desafiando las huellas de la muerte pero con la mirada puesta en un futuro que no parece claro.

Comienza a ser visible cierto progreso desde que el fuerte terremoto devastara al país hace tres semanas. Ya no reina el caos de los primeros días, pero el panorama sigue siendo el mismo, y la gente sospecha que les espera una difícil y larga recuperación.

Progresos
Las “camionas”, que son la base del transporte público, circulan atestadas por las principales arterias de una ciudad donde, a pesar de todo, sus habitantes muestran disciplina y respeto. Al menos es la impresión que me queda al recorrer el centro y algunos campamentos de refugiados.

Puede que aún se registren actos violentos de manera aislada, pero en la capital haitiana la policía local ya patrulla las calles, la mayoría de los negocios han reabierto sus puertas, la red de teléfonos celulares funciona y las escuelas de las áreas no afectadas retoman las clases este lunes. Unido a tanta desgracia queda aún la sonrisa de los niños, a pesar de que algunos lleven consigo para siempre el horror de esos minutos en que casi todo se derrumbó.

El regreso a sus casas
En medio de tanto caos, muchos se han atrevido a regresar a sus casas. Son los que tuvieron suerte de haberlas construido con materiales más resistentes y cimientos mejores. Quizás ahí radique la explicación de por qué algunas permanecen intactas y otras totalmente derrumbadas.

Otros permanecen a la intemperie en improvisadas chabolas de cartón, tela y lona. Viven como pueden.

Angelus Bonmi es uno de esos miles de haitianos que no tiene techo. Dice que su casa quedó totalmente destruida y que su abuela murió aplastada por el desplome del techo. Duerme en una de las casas de campaña instaladas en el área de parqueo del Hospital Universitario de la Paz. Le han sugerido emigrar al campo, pero cree que en la ciudad es más útil. Aunque su español no es perfecto, quiere cooperar con el personal paramédico extranjero, sirviéndole de intérprete.

En el interior de ese centro hospitalario prestan sus servicios varios de los cooperantes de México, Cuba y Colombia, haciendo todo cuando pueden para salvar a los pacientes ingresados en el área de politraumatizados. Afuera se agrupan decenas de personas que ya han recibido el acta médica pero que no tienen a dónde ir.

La Cruz Roja colombiana
El colombiano Juan Pablo Ovalle, trabajador de la Cruz Roja Colombiana, llegó hace 15 días a ese centro médico. Cuenta que ha logrado integrarse a los demás galenos de otros países. El organismo colombiano montó allí una unidad móvil de salud. Ovalle cuenta a Radio Nederland que han trabajado en el control del agua y saneamiento, administración de medicamentos y apoyo psicosocial. Ha sido difícil, pero han logrado restablecer el funcionamiento del hospital de forma óptima.

Escuche la entrevista a Juan Pablo Ovalle, de la Cruz Roja Colombiana

Juan Pablo Ovalle está consciente de que lo peor puede estar por llegar con la cercanía de la época de lluvias o la temporada ciclónica. Por eso la Cruz Roja que él representa se prepara para dirigirse a comunidades y campamentos en el interior del país, para brindar atención médica primaria de salud, con apoyo en educación, promoción y prevención de enfermedades.

Aunque las prioridades son ahora otras, como entregar agua y alimentos en los campamentos de refugiados, todavía hay quienes siguen buscando a sus muertos entre los escombros. Las autoridades y cooperantes han rescatado decenas de miles de cuerpos y ya no hay muertos en las calles.

Las mejores galas
Quizás un síntoma de que la vida vuelve lentamente a la normalidad sea ver este domingo en Puerto Príncipe y la periferia, a miles de haitianos que vestían sus mejores galas. Las mujeres iban muy elegantes. Los hombres de cuello y corbata. Acudían a las iglesias que aún están en pie o a improvisados centros religiosos.

Muchos de esos fieles dan gracias a Dios por estar vivos. La fe es la única arma que por ahora les permite pensar que el futuro no tiene por qué ser incierto.

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