Por Ilse Bulit
No había cumplido los cuatro años cuando llegó a mi hogar y me adueñé de él. Pesado, rectangular, una especie de cretona por delante, dos botones y la marca con sus dos estrellitas de cuatro puntas. Mi abuela me dijo que era un legítimo holandés.

Nacida de un gran batido genético, nunca padecí de xenofobia, así que le entregué el corazón. Aquel radio, mi radio, se convirtió en mi primer amor. Y como todo primer amor, inolvidable. Unos meses después me enviciaba en la onda corta. De madrugada, a escondidas, la sintonizaba. Solo captaba la XEW de México.
En este radio canté junto al Grillito Cricrí, me solidaricé con las hembras del teatro lorquiano, pero también conocí de bombas atómicas. No tuve más remedio que crecer y después de las muchas vueltas que damos los pobres, realicé el sueño: ya era periodista, pero periodista de prensa escrita, como decíamos entonces. Cierto defectillo en la pronunciación de la R, se atravesaba en mi camino.
Crítica de radio
Yo amaba la radio y buscaría la brecha. La encontré. Entré en contacto con los veteranos fundadores de la radio cubana, nacida en el 1922, aquellos románticos de la práctica; y con la nueva hornada, la de los estudios teóricos de última generación. Horas de cursos más horas de cabina, me ganaron el cariño y el respeto de la gente del medio y mis comentarios críticos en la revista Bohemia eran bien aceptados.
Eran tiempos en que la TV planeaba su olvido. Yo la defendía a capa y espada. La Radio es, la definí un día rabioso de discusiones entre colegas, una hormiga que penetra en cualquier resquicio, es capaz de llevar pesadas cargas, llega siempre a la meta en trabajo colectivo, su pequeñez le concede el don de la oblicuidad y su gente se reúne en hormigueros que saben defenderse del peligro. Y cuando pica, levanta ronchas.
La radio y yo
Un día de junio de 1992 salí en completo estado de ceguera de un quirófano. Ya en mi hogar, esa noche tanteé mi radio. Mas que tantear, la acaricié. Una nueva relación entre nosotros se establecía. Lo comprobé meses después. Pasaba el Centro de Rehabilitación de Ciegos en momentos muy difíciles para los cubanos. En la primera reunión, lo único que reclamamos los alumnos fueron las pilas para las radios.
Dos años antes de mi ceguera colaboraba en una emisora. Ya mi especialización perdonaba mis R afrancesadas. Al terminar mi rehabilitación, me llamaban de la radio en labores de control de calidad. Como mi tonal siempre me hace regresar a mi infancia, hoy construyo un sueño. Nací en el Centro Histórico y hoy soy asesora general de Habana Radio, la emisora de la Oficina del Historiador de la Ciudad, dedicada a los temas culturales en su sentido amplio.